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ESTADOS UNIDOS vs CHINA: Atacar lejos para defender cerca

La rivalidad entre EE. UU. y China ha superado los límites de lo geográfico. La cultura, la política y, por supuesto, la economía son los nuevos escenarios de tensión entre estas dos grandes potencias. Los inversores no podemos dar la espalda a esta realidad porque, nos guste o no, algunas de sus consecuencias tienen un impacto directo en nuestras carteras. El dólar, las materias primas y, por supuesto, las bolsas forman ya parte del terreno en el que se libra la lucha por la hegemonía mundial.

01/06/2026
ESTADOS UNIDOS vs CHINA: Atacar lejos para defender cerca

En la primera parte de este artículo explicamos los motivos por los que el ascenso de China plantea un dilema estratégico para EE. UU. Pekín aspira a fortalecer su posición hegemónica en Asia, reducir su vulnerabilidad exterior y limitar la influencia de Washington en su área de influencia. Unas aspiraciones coherentes con la lógica que tradicionalmente ha guiado el comportamiento de las grandes potencias y que han encendido la alarma en las élites estadounidenses. No en vano, si la historia sirve como referencia, es EE. UU. quien más tiene que perder si el avance de China no encuentra límites. Por este motivo, en esta segunda parte, vamos a analizar la respuesta de la actual potencia hegemónica y sus posibles implicaciones estratégicas.

La contención vuelve al tablero

Frente a un rival que crece, una potencia hegemónica solo tiene dos opciones para mantener su ventaja relativa: crecer tanto o más que el contendiente o frenar su avance. La primera es cara y, pasado cierto umbral, difícil. La segunda suele ser más eficiente. Para ello es necesario elevar los costes del oponente, estrechar su margen de maniobra y forzarle a abandonar la posición ofensiva para que adopte una defensiva. Esta es, precisamente, la lógica que hay detrás de la estrategia internacional que actualmente está desplegando EE. UU. frente a China. Una lógica con fuerte arraigo en la doctrina norteamericana y que fue decisiva durante la Guerra Fría frente a la URSS. El nombre que recibe esta estrategia es contención.

La contención no está basada en provocar una guerra “caliente” – de hecho, puede reducir su probabilidad – sino alcanzar la victoria mediante una guerra fría. Su objetivo es impedir que China utilice su poder económico, político o militar para dominar su región, coaccionar a sus vecinos y expulsar a EE. UU. de Asia. Bajo la lógica de la contención, Washington no necesita derrotar a Pekín en sentido absoluto. Le basta con evitar que alcance la posición necesaria para desplazarlo.

Esto explica que, al menos en la etapa actual, EE. UU. no esté dibujando la línea principal de presión en las fronteras inmediatas de China. Acercarse tanto al rival, alejándose de las bases propias, es demasiado caro. Para ahorrar costes, el dilema de seguridad al que se enfrenta China es razón suficiente para que sus vecinos sirvan como contrapeso a favor de los intereses estadounidenses. Pero no es una estrategia carente de riesgos pues, si algo se fractura, ninguno de ellos sería capaz de plantarle cara a China tan cerca de su propio terreno. En ese escenario, Washington tendría que elegir entre intervenir directamente lejos de casa y cerca del rival, o aceptar una pérdida de credibilidad. Ninguna de las dos opciones es cómoda.

Por este motivo, la contención se está ejecutando, al menos por ahora, en frentes secundarios: lugares donde EE. UU. tiene una clara ventaja relativa, donde la respuesta china sería muy costosa y donde su impacto estratégico positivo puede superar ampliamente el esfuerzo asumido. En otras palabras, EE. UU. ha decidido atacar lejos para defender cerca.

Los frentes de 2026

Venezuela, Irán y Cuba no están en Asia, pero no debemos ignorar que forman parte del mismo tablero. Su importancia va más allá de la estrictamente geográfica. Para entenderla tenemos que pensar en lo que representan para China: energía, apoyo diplomático, rutas de suministro y, no menos importante, capacidad de incomodar a EE. UU. en zonas sensibles para Washington. Evidentemente, esta forma de entender el conflicto no elimina las dinámicas locales de las sucesivas crisis que hemos vivido (o estamos viviendo) a lo largo de este año, pero ayuda a entender por qué son interpretadas por las dos potencias como parte de una misma competición. Una competición que se está desarrollando en tres frentes.

El primero es el del suministro energético. Venezuela e Irán han sido importantes proveedores de crudo para China. Además del volumen de suministro, debido a las restricciones a las que estos países se enfrentaban, se veían obligados a vender con descuento respecto a los precios internacionales de referencia. Y para una economía industrial y exportadora como la china, esa energía barata importa mucho. Interrumpir ese flujo de energía no destruye la economía china, pero sí impactará en sus costes, reducirá parte de su competitividad y obligará a Pekín a buscar alternativas. Su efecto, sea o no el objetivo principal, favorece la posición relativa de EE. UU.

También es muy importante el prestigio político. China ha construido buena parte de su influencia exterior sobre relaciones comerciales, financiación, infraestructuras y una retórica de no intervención. Este modelo resulta atractivo para muchos países porque ofrece capital y mercado sin exigir, al menos de forma explícita, una alineación política completa. Pero tiene una debilidad: cuando uno de esos socios está amenazado, Pekín no ha demostrado ni la capacidad ni la disposición para ofrecer garantías de defensa comparables a las de EE. UU. Washington, en cambio, sigue demostrando que su red de alianzas, a cambio de una cierta alineación política, goza de un compromiso de defensa que también vale lejos de casa.

El último gran frente es el dominio de las zonas de influencia. Venezuela y Cuba están en el Caribe. Irán está en el Golfo Pérsico. Son regiones muy distintas, pero ambas son vitales para los intereses estratégicos estadounidenses. Reducir la capacidad de esos países para actuar como plataformas de influencia china permite a Washington prevenir problemas secundarios y dedicar más recursos a la competición principal. Una competición principal que, como advertimos antes, no consiste en lograr una victoria definitiva, sino en ejercer presión, provocar desgaste y reducir de forma gradual las opciones de China.

Otros puntos estratégicos menos visibles también forman parte de este mismo razonamiento estratégico. Por ejemplo, Groenlandia importa por las rutas árticas y los recursos críticos. En el sudeste asiático, los estrechos de Malaca, Lombok y Sunda son las puertas por las que circula buena parte de los recursos que sostienen a la industria china. Si EE. UU. consigue condicionar esos cuellos de botella, no necesitará estar en la misma línea de frontera para influir en la seguridad de Pekín. La partida se está jugando lejos, pero sus consecuencias se sienten cerca. Así funciona la contención en 2026.

Las ventajas de Norteamérica

Una potencia es hegemónica solo si los demás países la reconocen como tal. La hegemonía no se mide solo en términos absolutos. Se mide, sobre todo, en términos relativos. Es decir, una comparativa de lo que puede hacer una potencia frente a lo que puede hacer la siguiente. En ese terreno, EE. UU. conserva una combinación de herramientas económicas, militares y políticas que ningún rival puede replicar hoy con el mismo alcance y que, algunas de ellas, hemos explicado en nuestro podcast. Por eso, a pesar de las voces discordantes, sigue conservando una primacía difícil de replicar. Esto no quiere decir que no tenga rivales, pero sí invita a poner un freno a quienes dan por hecha su caída.

Respecto a las herramientas económicas, EE. UU. puede condicionar el acceso a mercados, tecnología, financiación, pagos y comercio internacional en una escala que ningún otro país puede replicar. La guerra comercial con China es un claro ejemplo. Pekín puede responder (de hecho, ha respondido) y tiene instrumentos para hacerlo. Pero el hecho de que no haya escalado por iniciativa propia, sino principalmente como reacción a los movimientos estadounidenses, pone de manifiesto los elevados costes internos que tiene para ella una guerra comercial debido a la orientación exportadora de su economía y a la alta dependencia de determinadas cadenas globales. Por su parte, aunque Washington también paga costes derivados de la guerra comercial, estos parecen más asumibles en términos relativos que los de su rival. La mayor fuerza económica relativa es una baza que, apoyada por la hegemonía mundial del dólar, EE. UU. seguirá empleando para presionar a China.

En segundo lugar, no debemos ignorar la fuerza militar. EE. UU. sigue siendo la potencia con mayor capacidad de proyección global. Durante décadas ha tejido una red de bases, alianzas y tratados que le permiten desplegar fuerzas lejos de su territorio, sostener presencia en varios teatros y respaldar a aliados en regiones distantes a bajo coste. China ha avanzado mucho, sobre todo en su entorno regional, pero todavía no dispone de semejante profundidad operativa global. Además, su propia narrativa de no intervención limita la forma en que puede ejercer ese poder sin erosionar una parte importante de su propuesta diplomática. Por último, la historia de EE. UU. está trufada de guerras en el exterior que le han permitido desarrollar, perfeccionar y normalizar una doctrina en permanente ofensiva. La tradición china, en cambio, es mucho más limitada y de resultados más dispares.

Por último, está la fuerza política. EE. UU. no solo ofrece comercio o financiación. Ofrece un marco de seguridad. Sus aliados pueden discutir con Washington, desconfiar de sus presidentes o criticar sus excesos, pero siguen sabiendo que la arquitectura estadounidense incluye defensa, coordinación militar, inteligencia, instituciones y capacidad de reacción. El modelo chino, por ahora, se apoya más en la interdependencia económica que en garantías formales de seguridad. No es irrelevante. Es distinto. Pero el atractivo que plantea en un orden internacional anárquico es limitado y, en según qué condiciones, insuficiente para provocar una fuerte adhesión.

Esta combinación de fuerza económica, militar y política explica la permanencia de la primacía estadounidense. Evidentemente, no la hace gratuita. EE. UU. también arrastra déficits elevados, tensiones internas y un coste creciente de sostener su papel exterior. Pero, hoy por hoy, ningún rival puede ejercer esas tres palancas con la misma profundidad y al mismo tiempo. Esa es la ventaja que Washington intenta preservar.

Más vale lo malo conocido…

Nada de lo anterior significa que China esté sometida. Tampoco que su ascenso haya terminado. Pekín supera con claridad a la mayoría de las potencias, especialmente en su propia región, y conserva una capacidad industrial, tecnológica y comercial extraordinaria. Lo que estamos planteando es que todavía no es capaz de replicar la fuerza ni la capacidad para proyectarla fuera de sus fronteras que sostiene la primacía estadounidense.

Su principal problema (aunque, también, su mayor ventaja) es que la región en la que se encuentra y quiere ganar margen de maniobra es la más dinámica y vigilada del planeta. Japón, India, Corea del Sur, Australia, Filipinas, Vietnam o Indonesia son actores regionales relevantes que no comparten todos los intereses de Pekín y que presentan un incentivo común: evitar una China demasiado dominante. Muchos de ellos han demostrado que prefieren vivir incomodados por EE. UU. que amedrentados por China. En una región tan dada a los proverbios como Asia, parece que también se prefiere a lo malo conocido.

Ahora bien, no debemos caer en la simplificación excesiva pues China tampoco está sola. Rusia es una pieza relevante de su mapa estratégico y Corea del Norte es un socio útil (cuyo rol de actor irracional es absolutamente racional) para mantener el equilibrio en la región. Además, muchos países intermedios ven en Pekín una fuente alternativa de financiación, mercado e influencia que sirve para presionar y obtener cesiones por parte de EE. UU. Pero una cosa es tener socios y otra contar con una red de alianzas capaz de responder bajo presión. Ahí sigue estando la diferencia.

La respuesta china a la contención, por tanto, no es evidente. Antes de las crisis en Venezuela e Irán, Pekín contaba con plataformas claras para incomodar a EE. UU. en el Caribe y en Oriente Próximo. Pero si estas son finalmente suprimidas, no tendrá más remedio que buscar otras para no tirar la toalla en la carrera por la hegemonía y el prestigio mundial. Y aunque hay muchas hipótesis posibles (algunas geográficas como Taiwán, Corea, Cuba, Europa; otras políticas, como la cada vez más olvidada Nueva Ruta de la Seda; y otras económicas, como el refinado de materias primas y las tecnologías de vanguardia), la realidad es que nadie puede saber en qué plano dará su próximo paso.

Lo que sí sabemos es que China conserva palancas asimétricas. Puede presionar en cadenas críticas, desde minerales y componentes industriales hasta baterías, semiconductores u otros insumos estratégicos. Puede usar su mercado interior como herramienta de negociación. Puede acelerar la búsqueda de socios dispuestos a aprovechar su necesidad de alianzas. Y puede hacerlo sin recurrir a una confrontación militar directa. La partida sigue abierta y, por ahora (en contra de lo que muchos habían proclamado tras el estallido de la Gran Crisis Financiera), parece más inclinada hacia un lado.

Qué significa esto para una cartera

Por nuestra parte, ni antes de 2026 veíamos a China sustituyendo a EE. UU. como potencia hegemónica global, ni ahora la vemos derrotada. La cuestión relevante no es si Pekín tomará el relevo de Washington en el corto plazo. Esa posibilidad nos parece lejana. La cuestión es bajo qué reglas competirá el mundo durante los próximos años.

Si la contención estadounidense tiene éxito sin romper el sistema, podríamos asistir a una especie de Pax Americana 2.0. Un estatus con tensiones periódicas, episodios de volatilidad y conflictos localizados, pero dentro de un marco general en el que la globalización sigue vigente, el dólar permanece como divisa hegemónica y las compañías norteamericanas tienen abiertas las puertas de los mercados globales.

Si, por el contrario, la rivalidad deriva hacia una Guerra Fría 2.0, el mundo sería menos eficiente. Las empresas tenderían a duplicar cadenas de suministro. Los gobiernos priorizarían la seguridad frente al crecimiento. La energía, los minerales críticos y la producción industrial podrían volver a ocupar el centro de la estrategia. La inflación sería más difícil de domar, los tipos de interés más volátiles y las valoraciones difíciles de sostener en los negocios más dependientes de las largas cadenas de suministro.

Para un inversor, la conclusión no es que hay que predecir cada movimiento geopolítico. Pero sí que debemos vigilar las variables económicas en las que se traduce esta rivalidad: dólar, bonos, materias primas, inflación, tecnología, márgenes y cadenas de suministro. Ahí es donde la geopolítica deja de ser una conversación de estrategia internacional y se convierte en una cuestión relevante para las carteras. El inversor no debe preguntarse solo quién ganará la partida, sino qué sectores y empresas están bien protegidos mientras esta esté en juego. Ahora bien, como ocurre en toda rivalidad que se prolonga en el tiempo, los mercados acabarán acostumbrándose a parte de esta tensión. Lo importante será distinguir el mero ruido de los cambios estructurales que alteren nuestras tesis de inversión de manera duradera.

A esta rivalidad le quedan todavía muchos capítulos por escribirse. Como explicamos en nuestro podcast Valor con B (parte 1, parte 2 y parte 3) dedicado a la geopolítica, para un inversor es más relevante contar con un marco que permita interpretar los episodios de tensión sin caer arrastrados por el ruido, que asumir que conocemos el desenlace de la rivalidad entre EE. UU. y China. La geopolítica no sustituye al análisis fundamental, pero sí le afecta planteando nuevos riesgos y, también, generando ineficiencias. Ahí es donde la geopolítica deja de ser solo ruido y se transforma en oportunidad para el inversor paciente.

 


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