ESTADOS UNIDOS vs CHINA: Crónica de una rivalidad
En el primer trimestre de 2026, la inestabilidad internacional ha vuelto a condicionar la marcha de los mercados. La buena evolución de los datos macro y la solidez de los resultados empresariales fueron eclipsados por la tensión en Groenlandia, Venezuela e Irán, provocando caídas en los principales índices mundiales. Estas crisis no son hechos aislados ni independientes, sino que forman parte de la pugna entre Estados Unidos y China por el control de Asia. Una competición que lleva años gestándose y que tardará aún más años en resolverse. Como inversores, debemos entender que esta rivalidad marca la nueva normalidad geopolítica y que los mercados financieros son parte inseparable del campo de batalla.
16/04/2026
En el primer trimestre de 2026, la inestabilidad internacional ha vuelto a condicionar la marcha de los mercados. La buena evolución de los datos macro y la solidez de los resultados empresariales fueron eclipsados por la tensión en Groenlandia, Venezuela e Irán, provocando caídas en los principales índices mundiales.
Estas crisis no son hechos aislados ni independientes, sino que forman parte de la pugna entre Estados Unidos y China por el control de Asia. Una competición que lleva años gestándose y que tardará aún más años en resolverse. Como inversores, debemos entender que esta rivalidad marca la nueva normalidad geopolítica y que los mercados financieros son parte inseparable del campo de batalla.
En este artículo de dos partes queremos aportar una visión prudente del conflicto, basada en el modelo de análisis geopolítico que explicamos en nuestro podcast Valor con B (episodio 1, episodio 2 y episodio 3). En esta primera parte, explicaremos la evolución del orden internacional de los últimos 30 años, la base teórica de nuestro modelo de análisis, el origen de la rivalidad entre Estados Unidos y China y el dilema que plantea el auge del gigante asiático. Nuestro objetivo es dar coherencia a la tensión internacional vivida en el primer trimestre de 2026 y aportar herramientas que nos ayuden a tomar buenas decisiones de inversión durante los nuevos episodios que, sin duda, ocurrirán durante los próximos años.
El fin de la historia
Con el final de la guerra fría y el colapso de la Unión Soviética, Estados Unidos se convirtió en el país más poderoso del planeta. Por primera vez, el mundo se organizaba en un sistema unipolar en el que una potencia hegemónica dominaba el orden internacional. La victoria de Occidente supuso el punto final de la lucha entre ideologías, estableció la democracia liberal como la forma última de gobierno e impuso el capitalismo de libre mercado como modelo económico universal. Este marco, que dominó el mundo durante más de 30 años, se denominó el fin de la historia.
Sin rivales de los que preocuparse, Estados Unidos empleó todo su poderío económico, político y militar en expandir su particular visión de los valores democráticos por un mundo que dominaba casi a su antojo. Para ello, no dudó en promover un proceso de globalización y deslocalización de su industria basado en su control de las rutas marítimas y auspiciado por la hegemonía del petrodólar. Paralelamente, hizo alardes de su fuerza militar en guerras como las de Irak, Bosnia, Kosovo o Afganistán y trató de refrendar la narrativa de su excepcionalismo moral con cruzadas contra enemigos tan difusos como el terrorismo internacional. En ausencia de rivales de su tamaño, Estados Unidos se empleó a fondo con enemigos más pequeños. Pero el ascenso de China lo cambió todo.
Por primera vez en más de 30 años, Estados Unidos se está viendo forzado a reorientar su capacidad bélica y diplomática hacia fines defensivos en vez de ofensivos, que le permitan frenar las aspiraciones de un contendiente de un tamaño formidable. En este sentido, si el final de la URSS fue el acontecimiento geopolítico más relevante del final del siglo XX, la ascensión de China lo es del principio del siglo XXI. Como inversores, debemos ser conscientes de lo que implica esta cambio y tener un marco teórico que nos permita entenderlo.
La base teórica de nuestro análisis
Hay dos características que forjan el carácter del orden internacional. La primera es su naturaleza anárquica. La ausencia de un gobierno o una policía mundial válida para regular las disputas y forzar a los estados a llegar acuerdos, fuerza a cada uno a defender su supervivencia por sí mismo. En otras palabras, cada país cuenta únicamente con sus propios medios para garantizar su seguridad y contener a los rivales. La segunda es su naturaleza incierta. Ningún país puede estar seguro de las buenas intenciones de sus vecinos y rivales en un juego de suma cero que incentiva una actitud de agresividad permanente. Estas dos características, como veremos, tienen enormes consecuencias en nuestro análisis.
El objetivo principal de cualquier país en un sistema anárquico es garantizar su propia supervivencia. Esta se manifiesta en un plano doble. El primero es el físico o territorial. Es decir, quieren proteger su soberanía sobre el territorio sobre el que se forman. El segundo en inmaterial o moral. Los países quieren garantizar su independencia o libertad a la hora de establecer su destino, fijar su estrategia, definir sus fines y tomar sus propias decisiones sin coacciones de potencias extranjeras. Si un país se siente coaccionado en alguno de los dos planos por parte de otro, sentirá una amenaza existencial contra la que responderá con todos los medios a su alcance.
Las herramientas con las que cuenta un país para luchar por su supervivencia son de tres tipos: económicas, políticas y militares. Debido a la falta de certeza sobre las intenciones de sus vecinos, la única estrategia racional implica el uso constante de dichas herramientas para fortalecerse frente a todos aquellos países que, en algún momento, pudieran suponer una amenaza existencial. Esta competición por ganar una mayor cuota de poder provoca que el sistema internacional sea inherentemente inestable. Los líderes políticos, conscientes de estas amenazas, están obligados a centrarse en cuestiones de seguridad de corto plazo, adoptando un planteamiento de ponerse siempre en lo peor.
Aunque la anarquía reinante en el sistema internacional no es en sí misma una causa directa de guerras, es evidente que provoca un entorno de inseguridad, conflicto y rivalidad permanente en el que únicamente los más fuertes pueden garantizar su supervivencia. Por tanto, es lógico que cada estado trate de fortalecerse, imponiéndose sobre sus vecinos, convirtiéndose en potencia regional y, por último, estableciéndose como el actor de referencia a nivel mundial. Dicho establecimiento busca garantizar su supervivencia a base de amedrantar, coaccionar, controlar y dominar al mayor número de actores posibles. Por paradójico que parezca, la mejor manera de lograr unos fines defensivos es adoptar una actitud siempre ofensiva. Esto refuerza la inestabilidad y la desconfianza del sistema y retroalimenta la racionalidad de la estrategia ofensiva.
Cuando un país tiene éxito en su estrategia defensiva-ofensiva, termina imponiéndose a sus vecinos y elevándose a la categoría de potencia regional. Pero esta victoria no es el final del camino. Al contrario, las potencias regionales son entes paranoicos, amenazados por los países que los rodean. En consecuencia, tratan de impedir u obstaculizar en la medida de lo posible el ascenso de cualquier posible rival y expulsar a potencias extranjeras de la zona de seguridad. Los medios para tal fin son múltiples. Pueden tratar de crearles problemas políticos en la zona de influencia del rival (como patrocinar un movimiento separatista) que consuma los recursos y atención en sofocarlo, en vez de en crecer. Otra posibilidad es poner trabas a la expansión económica del contendiente, para impedir su futuro fortalecimiento. Por último, una solución más extrema, podría ser el inicio de una guerra preventiva para atacar con éxito mientras sea posible.
El ascenso histórico de EE. UU. es coherente con este marco teórico. Durante el siglo XIX, se centró en aumentar sus territorios por una superficie y a una velocidad sin precedentes históricos. Una vez alcanzó sus fronteras naturales y fue capaz de garantizar su supervivencia, procedió a expulsar a los europeos de su área de influencia. Así nació la doctrina Monroe, que terminó por arrinconar a las potencias europeas como actores políticos en el continente americano. De esta forma, EE. UU. se convirtió en una potencia regional incontestable.
Durante el siglo XX surgieron cuatro importantes rivales: el segundo Reich alemán, el Imperio japonés, la Alemania nazi y la Unión Soviética. Todos ellos trataron de desafiar la posición de dominio de EE. UU. en el hemisferio occidental. La respuesta de los estadounidenses fue siempre la misma: combatir a sus rivales con todas las herramientas políticas, económicas y militares a su alcance. La victoria de EE. UU. no solo garantizó su posición de potencia mundial, sino que, además, supuso la destrucción total de los perdedores.
Las características del sistema internacional incitan al comportamiento agresivo por parte de las potencias. En un entorno anárquico, de suma cero y competencia permanente, la expansión a costa del rival (o posible rival) es la mejor manera de garantizar la paz, seguridad y supervivencia propias. Si vic pacem, para bellum. La fuerza relativa de un país se convierte, así, en una herramienta de disuasión que, por paradójico que parezca, puede tener como único objetivo el mantenimiento de la paz. Un objetivo que, por desgracia, no siempre se consigue.
Este es el marco teórico que empleamos para enmarcar la rivalidad entre Estados Unidos y China. Un marco que no justifica los movimientos agresivos de cualquiera de las dos partes sino que, simplemente, trata de explicarlos.
Crónica de una rivalidad
Desde que explotó la gran crisis financiera de 2008, la tensión entre China y EE. UU. no ha hecho más que crecer. En Washington poca gente duda ya de que el objetivo estratégico de su rival es dominar Asia de la misma forma en que Estados Unidos controla el hemisferio occidental. ¿Por qué? Porque, como indica nuestro marco teórico, esa es la única forma que tiene China de garantizar su propia seguridad dentro de un entorno internacional anárquico.
Si nuestra teoría es correcta, este camino hacia la posición de potencia regional pasa por varias etapas. A diferencia de la EE. UU. del siglo XIX, China es una potencia territorialmente consolidada, por lo que no necesita conquistar territorios para formarse. Sin embargo, su periferia está llena de países poderosos, como India, Japón y Rusia. Por este motivo, lleva décadas fortaleciendo su posición relativa empleando sus recursos económicos y políticos para coaccionar a sus vecinos. Si consigue establecerse como potencia hegemónica en Asia, su siguiente paso expulsar a EE. UU. de la región, haciendo su propia versión de la doctrina Monroe. Un movimiento que pondría el foco de atención sobre Taiwán y en las dos cadenas de islas que rodean su área de influencia china. Aunque todavía es lejano, es evidente que las acciones de China concuerdan con la dirección que indica nuestra teoría.
China se enfrenta a un problema provocado por su propio éxito: la desconfianza que su ascenso levanta entre sus propios vecinos. Estos, siguiendo con las directrices que hemos establecido en nuestro marco teórico, tratarán de frenar dicho ascenso, complicando las opciones estratégicas chinas. Para reducir las suspicacias, China debe hacer un complicado malabar. Primero, emplear una retórica pacifista, nada amenazante, colaboradora y amistosa. Segundo, no titubear con una política de crecimiento, control y sometimiento económico y político de sus vecinos. Tercero, describir a EE. UU. y a rivales como India, Japón (y posiblemente Rusia) como las verdaderas amenazas para la paz. Cuarto, invertir en defensa para desarrollar su potencial marítimo, pero sin empañar el primer pilar de este malabar.
El ascenso de China se enfrenta a lo que se conoce como el dilema de seguridad. Este señala que cuando un estado aumenta su seguridad (por ejemplo, armándose), otros pueden percibirlo como una amenaza. Para defenderse de ella, responden del mismo modo, generando una sensación de mayor amenaza para el otro estado que, de nuevo, responderá de la misma manera. Esta cadena de acciones y reacciones provocan una peligrosa esperan de desconfianza mutua y rivalidad, pues lo que un país considera defensivo y legítimo, otro lo considera como ofensivo e injusto.
China deberá encontrar una solución rápida al dilema de seguridad pues el tiempo juega en su contra. EE. UU. se presenta ante el resto de los países asiáticos como un contrapeso al avance chino, necesario para garantizar la paz en la región. La complejidad de esta situación nos lleva a pensar que los vecinos de China seguirán estrechando lazos y alianzas estratégicas con EE. UU., para mayor pesadilla de Pekín. El motivo es simple: aunque EE. UU. también es una potencia hegemónica, representa una amenaza menor para la independencia política de estos países que una China todopoderosa. Washington seguirá utilizando su posición de mal menor para inclinar la balanza a su favor.
El camino hacia 2026
Aunque el escenario central de la competición entre EE. UU. y China es Asia, durante el primer trimestre de 2026 comprobamos que no es el único. Durante el primer trimestre de 2026, Estados Unidos decidió responder en varios de esos frentes secundarios. En el Atlántico norte, ya ha expresado su deseo de controlar (de una u otra forma) Groenlandia, para garantizar el suministro de tierras raras y, al mismo tiempo, controlar el acceso de la ruta ártica. En el Caribe, ha movido ficha para provocar la caída por su propio peso del régimen venezolano y cubano. En el Golfo Pérsico ha tratado de hacer lo propio con Irán, el gran aliado de China en la zona. Por último, en el sudeste asiático, ha firmado acuerdos con Indonesia para estrechar su control de los estrechos de Malaca, Lombok y Sunda.
Nuestro marco teórico aporta sentido y coherencia a los acontecimientos vividos durante el primer trimestre de 2026 y los enmarca en una tendencia más duradera hacia el pasado y el futuro. Estos responden al deseo de generar problemas al rival en zonas a las que es sensible para privarle de recursos u obligarle a emplearlos para buscar soluciones. En la segunda parte de este artículo examinaremos con mayor detalle estos hechos, enmarcándolos en nuestro marco analítico para dotarles de coherencia.
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